lunes, 17 de enero de 2011

LA MUERTE ES UN ACTO DE SERVICIO

  1. La muerte es un acto de servicio. Ni más ni menos. No hay, pues, que adoptar actitudes especiales ante los que caen. No hay sino seguir cada cual en su puesto, como estaba en su puesto el camarada caído cuando le elevaron a la condición de mártir.

  2. No hagáis caso de los que, cada vez que cae uno de los nuestros, muestran mayor celo que nosotros mismos por vengarle. Siempre parecerá a esos la represalia pequeña y tardía, siempre deplorarán lo que padece, con soportar las agresiones, el honor de nuestra Falange. No les hagáis caso. Si tanto les importa el honor de nuestra Falange, ¿por qué no se toman siquiera el trabajo de militar en sus filas?

  3. El honor y el deber de la Falange tienen que ser medidos por quienes llevan sobre sus hombros la responsabilidad de dirigirla. No olvidéis que uno de los principios de nuestra moral es la fe en los jefes. Los jefes tienen siempre razón.

  4. Una represalia puede ser lo que desencadene en un momento dado, sobre todo un pueblo, una serie inacabable de represalias y contragolpes. Antes de lanzar así sobre un pueblo el estado de guerra civil, deben, los que tienen la responsabilidad del mando, medir hasta dónde se puede sufrir y desde cuándo empieza a tener la cólera todas las excusas.

  5. Lo que demuestra mejor que nada si se conserva el temple, es la permanencia en el mismo puesto de peligro. No hace falta baladronadas; ¿qué mayor señal de firmeza que poner otro hombre, como si tal cosa, en el puesto donde estaba el caído?

  6. El caído, que, cuando se le nombra, responde por la voz de los camaradas: ¡Presente!

  7. El martirio de los nuestros es, en unos casos, escuela de sufrimiento y de sacrificio. Cuando hemos de contemplarlo en silencio. En otros casos, razón de cólera y de justicia. Lo que no pueden ser nunca nuestros mártires es tema de "Protesta" al uso liberal. Nosotros no nos quejamos. Ese no es nuestro estilo. Nosotros no profanamos los despojos de nuestros, muertos, arrastrándolos por editoriales jeremíacos o sacudiéndolos para lograr efectos políticos entre el ajado terciopelo de los escaños de las Cortes.

FE, núm. 5, 1 de febrero de 1934.

viernes, 14 de enero de 2011

NOTICIA DEL ACTO ORGANIZADO EN SAN FERNANDO (CÁDIZ), EN EL TEATRO DE LAS CORTES DE LA LOCALIDAD, EL 12 DE NOVIEMBRE DE 1933

  (Fue suspendido a consecuencia de un atentado criminal)

  Durante el revuelo que se originó a raíz del atentado que perpetraron unos pistoleros, y mientras eran recogidos los heridos, el agente de la autoridad, delegado en aquel acto, suspendió el mismo, y entonces, el señor Carranza se adelantó al proscenio y, con voz potente, dijo:

  – No se puede suspender así este acto. Yo no hablaré. Pero tenéis que escuchar a José Antonio Primo de Rivera, digno hijo de su padre.

  Seguidamente, José Antonio se adelantó a la batería y manifestó:

  – Como veis, estos hechos que se suceden frecuentemente no pueden repetirse. Hay que terminar con este estado alarmante de desorden y anarquía. La autoridad, cobarde para evitar la introducción de elementos extraños, no lo es, en cambio, para suspender este acto, atropellando nuestros derechos.

  Siguió en duros términos de censura, diciendo que nunca cumpliría ordenes de una autoridad que no la poseía para impedir la libre circulación de los asesinos.

  Transcurrido un rato, la presidencia del mitin, ejercida por Carranza, le pidió que terminase, y entonces José Antonio acabó con estas palabras: "La respetable y aquí única autoridad de don Ramón Carranza me ruega que termine; sólo ahora se da por terminado el acto. Antes quiero que todos gritéis conmigo: ¡Viva España!"

  De "Hacia la historia de la Falange": Sancho Dávila y Julián Pemartín. t. I. pág. 43.

miércoles, 12 de enero de 2011

LIBERALISMO

Procure usted ser millonario

  Se coge de las puntas, entre el índice y el pulgar de cada mano. Se aplica al objeto de observación. ¿Cabe exactamente el objeto en la medida? Entonces está bien. ¿No cabe, o no la llena? Entonces está mal. La cosa no puede ser más sencilla.

  Con tal procedimiento ha logrado un periódico de la mañana –admirable, fuera de eso, por mil motivos– juzgar toda suerte de acontecimientos. La medida –la medida que se suspende entre el índice y el pulgar de cada mano– se contiene en estas palabras: "Hay que respetar los derechos individuales." Como se verá, no se trata de ninguna frase cuya aprehensión cueste gran esfuerzo. Pero tiene una virtud maravillosa: una vez adquirida, libra a quien la adquiere, para todo el resto de sus años, de la enojosa necesidad de pensar. Los convencidos por la frase hallan resuelto para siempre el problema de valorar cualquier suceso político. ¿Se han respetado los derechos individuales? El suceso está bien. ¿Se han olvidado los derechos individuales? Él suceso está mal. Dictaduras, revoluciones, leyes..., cuanto de más complejo y profundo da de sí la vida de un pueblo, adquiere transparente simplicidad.

  Ahora bien, ¿qué son los derechos individuales?

  Imaginemos a un obrero del propio periódico descubridor de la norma. Ese obrero, desde hace varios años, trabaja en una linotipia. Le pagan bien, eso sí, pero el hombre vive sujeto a la linotipia varias horas cada jornada. Junto a la linotipia corre su edad madura. Una mañana, cuando alborea, el obrero –que ha pasado la madrugada frente al teclado de la linotipia– nota que le corre por la frente un sudor frío. Sus ojos comienzan a ver turbio. De pronto se le tuerce la boca en un rictus. Pesadamente cae al suelo. Lo recogen, sobresaltados, varios compañeros de tarea. Está sin sentido. Le mana de la boca tenue hilillo de sangre. Se ha muerto.

  El obrero deja viuda y seis hijos, ninguno de edad de trabajar. La viuda recibe un subsidio, más crecido por generosidad de la empresa que por imposición de la ley. Vive unos meses; acaso un año o dos. Pero llega una fecha en que resbala entre los dedos el último duro del subsidio. Ya no hay para comer en la casa. Los chicos palidecen por días. Pronto serán presa propia para la, anemia o la tuberculosis. Y para el odio.

  ¿Y entonces? Entonces, si la viuda del obrero tiene la fortuna de vivir en un Estado liberal, se encontrará con una Constitución magnífica, que le asegurará todos los derechos. Los famosos "derechos individuales' '. La viuda tendrá libertad para elegir la profesión que le plazca. Nadie le podrá impedir, por ejemplo, que establezca una joyería, o un Banco. También tendrá libertad para escoger su residencia. Podrá morar en Niza, en Deauville o en un palacio en las afueras de Bilbao. Antes se abrirá la tierra que permitir que se le ponga coto a la libre emisión del pensamiento. La viuda será muy dueña de lanzar un rotativo como aquel en que su marido trabajaba. Y como, además, las leyes protegen la libertad religiosa, le estará permitido fundar una secta y abrir una capilla.

  Toda esa riqueza jurídica, ¿no conforta a cualquiera? Claro está que la viuda acaso no sienta la comezón urgente de escribir artículos políticos o fundar religiones. Tal vez, por otra parte, tropiece con algún pequeño obstáculo para establecer una fábrica o un gran rotativo, por ejemplo. Pudiera ocurrir que su mayor apremio consistiera en hallar sustento para sí y para sus hijos. Pero eso es, cabalmente, lo que no le proporciona el Estado liberal. Derecho a comer, sí, sin duda alguna. Pero ¿comida?

  La pobre viuda tendrá que capitular en la dura pelea. Aceptará lo que le den por coser diez horas a domicilio. Ayunará para que sus hijos se forjen la ilusión de que comen algo. Y mientras, por las noches, en la buhardilla tenebrosa, se queme los ojos sobre las puntadas, no faltarán oradores liberales que preparen párrafos como éste: "Ya no existe la esclavitud. Gracias a nuestras leyes, nadie puede ser forzado a trabajar sino en el oficio que libremente elija."

  He aquí cómo el Estado liberal, mero declamador de fórmulas, no sirve para nada cuando más se le necesita. Las leyes lo permiten todo; pero la organización económica, social, no se cuida de que tales permisos puedan concretarse en realidades.

  Lector: si vive usted en un Estado liberal procure ser millonario, y guapo, y listo y fuerte. Entonces, sí, lanzados todos a la libre concurrencia, la vida es suya. Tendrá usted rotativa en que ejercitar la libertad de pensamiento, automóviles en que poner en práctica su libertad de locomoción ... ; cuanto usted quiera. ¡Pero ay de los millones y millones de seres mal dotados! Para esos, el Estado liberal es feroz. De todos ellos hará carne de batalla en la implacable pugna económica. Para ellos –sujetos de los derechos más sonoros y más irrealizables– serán el hambre y la miseria.

  Eso ya lo ha visto la Humanidad. Por eso, para juzgar los sucesos políticos, exige medidas más profundas que las del rotativo de la mañana. Quiere Estados que no se limiten a decirnos lo que podemos hacer. sino que nos pongan a todos, protegiendo a los débiles, exigiendo sin rencor sacrificios a los poderosos, en condiciones de poder hacerlo. Dos tipos de Estado intentan el logro de tal ambición. Uno es el estado socialista, justo en su punto de arranque, pero esterilizado después, por su concepto materialista de la vida, y por su sentido de lucha entre clases. El otro es un Estado que aspira a la integración de los pueblos, al calor de una fe común. Su nombre empieza con efe. ¿Puede decirse ya?

  JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA

  La Nación, 25 de septiembre de 1933.