lunes, 10 de enero de 2011

ESPAÑA AL AZAR

  En pocos partidos falta un hombre aprovechable. Lo que no tiene cura es el sistema de los partidos. Lo hemos visto reiteradamente en la sucesión de ensayos que nos ha tocado soportar, y vamos a verlo de nuevo con ocasión de las próximas elecciones.

  La experiencia –que, por otra parte, no ha hecho más que confirmar lo que ya promulgaba la razón– pudiera formularse con la exactitud de una ley matemática: No hay política posible, ni historia posible, ni Patria posible, si cada dos años se pone todo en revisión con motivo de unas elecciones.

  Las grandes arquitecturas históricas han sido, cuando menos, la obra de la vida entera de un jefe o de un rey. Las más de la veces han sido la obra de toda una dinastía. En otras partes, la de una revolución que ha impuesto sus principios y se ha mantenido en ellos durante cuarenta o cincuenta años, mediante la sucesión en el Poder de hombres ungidos por el derecho de la revolución misma. De no ser así, todo esfuerzo es inútil: ni en dos ni en cinco años da tiempo a realizar nada, y es cosa sabida que la impaciencia popular se inclina cada dos años, o cada cinco, a cambiar de postura. No hay tiempo sin incomodidad, y el juicio simple de las masas tiende siempre a recibir lo bueno de cada tiempo como cosa natural y gratuita, y lo malo como consecuencia de la torpeza de los gobernantes. Nunca se juzga a los gobernantes por lo que han hecho, sino por lo que han dejado de hacer. De este modo, como nadie en el mundo es capaz de hacer todo lo imaginable nadie está libre de que la crítica se ensañe con lo que no hizo.

  Esta crítica de lo que falta, este llorar por lo que queda, es el mejor resorte del conjunto de falacias, injusticias y embustes que se llama la propaganda electoral. Los más insignes edificadores de pueblos no hubieran rematado sus obras si cada dos años o cada tres, en plena tarea, cuando aún era tan difícil entrever los resultados finales, hubiesen tenido que someterse a la dirección irresponsable de todos los demagogos en todas las tabernas de todos los pueblos.

  El sistema sufragista no sólo se resiente de todos los vicios de la demagogia, sino que los estimula. Para ganar votos hay que excitar a los electores. Entre candidato y candidato se entablan pugilatos a muerte; cada uno tiene que aumentar la dosis de excitante suministrada por el rival. Cuando se agotan las reservas conocidas, urge echar mano de nuevos venenos no probados antes. Hay drogas políticas, como el nacionalismo, que acaso no hubieran llegado a nacer si no hubieran sido requeridas por algún candidato, en trance electoral, para flagelar la sensibilidad de las masas votantes, ya acaso embotadas por el abuso de otras drogas envejecidas.

  No puede haber un solo hombre normal que defienda de buena fe este sistema diabólico. Sólo odiando al pueblo se le puede desear un sistema que le convierte, cada dos o tres años, en campo de experimentación de todos los imbéciles, ambiciosos, frenéticos, logreros y farsantes. Sobre una masa popular ingenua, tierna, fácil a la credulidad y a la cólera, se permite la avenida de todo el hampa electoral, diestra en el juego de las torturas y las mentiras. Unos candidatos saldrán triunfantes, y otros vencidos; de unos y de otros se sabrá poco hasta las próximas elecciones; pero en pos de ellos habrán quedado, envenenando almas, embalses enormes de rencor sin alivio posible, porque los demagogos, para alimentar el rencor, encienden apetitos irrealizables.

  ¿Por qué no se tolera la venta pública de estupefacientes y novelas pornográficas y sí se tolera este mercado libre de estupefacientes políticos? Se tolera, simplemente, porque el Estado, que admite el sistema, no cree en sí mismo ni en su propia misión justificante, y para hacer perdonar la injusticia de existir tiene que simular que se pone en juego, cada dos o tres años, su propia existencia. Nuestro Estado, que tendrá la conciencia de su gran misión al servicio de la unidad eterna de España, no permitirá que España se juegue a este turbio azar de las urnas.

(Arriba, núm. 25, 26 de diciembre de 1935)

domingo, 2 de enero de 2011

HOJAS DE LA FALANGE.- OBREROS ESPAÑOLES

  Todos los trabajadores, ante la angustiosa situación presente, han de preguntarse a qué se debe el que, a pesar de los constantes cambios de Gobierno, a pesar de haber gobernado las izquierdas, a pesar de los Gobiernos de centro y de derecha, el paro aumente sin cesar, la carestía de vida se haga cada vez más agobiadora y la pugna entre las clases sea cada día más áspera. Fácil es comprobar la existencia de estos problemas y aun su agravación. Con Gobiernos en que figuraban ministros socialistas, todas las calamidades que abruman a la masa obrera no sólo no tuvieron solución, sino que se agudizaron. Con Gobiernos de derecha, toda la política se orienta en contra de los productores; empeoran las condiciones de trabajo, se reducen los jornales, aumentan las jornadas, se los persigue, etc. ¿Qué significa esta coincidencia en el fondo de los partidos políticos, sean de derechas o sean de izquierdas? Significa que el régimen de partidos es incapaz de organizar un sistema económico que ponga a cubierto a la masa popular de estas angustias; que tanto unos partidos como otros están al servicio del sistema capitalista.

  Mientras la terrible crisis económica actual ha arruinado o está en camino de arruinar a los modestos productores, y la masa obrera sufre como nunca la pesadilla del paro, la cifra de los beneficios obtenidos por los beneficiarios del orden actual de cosas, los dueños de la Banca, es elevadísimo.

  Así la tarea urgente que tienen los productores es ésta: destruir el sistema liberal, acabando con las pandillas políticas y los tiburones de la Banca. Pero para llevarla a cabo se ofrecen dos caminos: el camino comunista y el camino nacionalsindicalista. No hay más salidas. Los dos aspiran a hacer astillas este orden de cosas; los dos quieren un orden nuevo.

  Ahora bien: ¿son igualmente fecundos, eficaces, ambos?

  Cada día es más patente la influencia comunista de Rusia en el seno de la masa obrera, transportada tanto por los partidos comunistas como por los socialistas. Las consignas de la Tercera Internacional son las que animan al movimiento marxista. Aquí, en España, los partidarios de la orientación comunista dentro del partido socialista son cada día más numerosos.

  Pero el triunfo comunista en España, ¿beneficiaría a la clase trabajadora? Este es el problema que tenemos que esclarecer, poniendo un especial y honrado propósito. Si el comunismo proporciona un nivel de vida más decoroso, si satisface los ideales de una empresa común, la elección no es dudosa. Pero el comunismo ¿es capaz de realizar estos objetivos?

RUSIA

  En Rusia, donde más lejos ha ido este ensayo comunista, salta a la vista no sólo que ni económica ni políticamente han ganado nada los trabajadores (existe el régimen de salario, los jornales son bajísimos, la carestía de los artículos de primera necesidad es mayor que en ningún país de Europa, según cifras dadas por periódicos rusos, como Pravda e Izvestia y la libertad política está de hecho anulada), sino que, además de eso, les han arrebatado toda la dignidad como hombres y los han convertido en una pieza fría de la máquina montada por los nuevos privilegiados: la burocracia oficial, reclutada entre los viejos militantes comunistas. Esto, que debiera bastar para repeler el comunismo, es poco si tenemos en cuenta que aquí el movimiento estaría no al servicio de un interés español, sino supeditado a las necesidades de Moscú. El triunfo del comunismo no sería el triunfo de la revolución social de España: sería el triunfo de Rusia. Y no hay sino mirar la política turbia que hace Rusia con los grandes estados capitalistas para deducir 'los fines que persigue al intentar provocar el estallido revolucionario dirigido y financiado por ella. Seríamos ni más ni menos que una colonia rusa, y es buena prueba de lo que haría con los obreros de España ver cómo trata hoy a los dirigentes comunistas. Por sus servicios les da unos rublos; pero, en cambio, los maneja como autómatas y los convierte en instrumentos ciegos, serviles de su política.

  Pues bien: si el comunismo acaba con muchas cosas buenas, como el sentimiento familiar y la emoción nacional; si no dan pan ni libertad y nos pone a las órdenes de una nación extranjera, ¿qué hacer? No vamos a resignarnos con la continuación del régimen capitalista. Hay una cosa de toda evidencia: la crisis del sistema capitalista y sus estragos, ni siquiera atenuados por el comunismo. ¿Qué hacer, pues? ¿Estamos en un callejón sin salida? ¿No hay solución para el hambre de pan y justicia de las masas? ¿Tendremos que optar entre la desesperación del régimen burgués y la esclavitud de Rusia?

LLAMAMIENTO

  No. El Movimiento Nacionalsindicalista está seguro de haber encontrado una salida justa: ni capitalista ni comunista. Frente a la economía burguesa individualista se alzó la socialista que atribuía los beneficios de la producción al Estado, esclavizando al individuo. Ni una ni otra han resuelto la tragedia del productor. Contra ella levantamos la sindicalista, que no absorbe en el Estado la personalidad individual ni convierte al trabajador en una pieza deshumanizada del mecanismo de la producción burguesa. Esta solución nacionalsindicalista ha de producir las consecuencias más fecundas. Acabará de una vez con los intermediarios políticos y los parásitos. Aliviará a la producción de las cargas con que la abruma el capital financiero. Superará su anarquía, ordenándola. Impedirá la especulación con los productos, asegurando un precio remunerador. Y, sobre todo, asignará la plusvalía, no al capitalista, no al Estado, sino al productor encuadrado en sus sindicatos. Y esta organización económica hará imposible el espectáculo irritante del paro, de las casas infectas y de la miseria. ¡Trabajadores, alerta! El comunismo y todo el movimiento internacionalista trata de especular con las masas obreras. Con los mismos tópicos que en 1914 –libertad, democracia, progreso– intentan arruinar al Estado en beneficio del que paga: Rusia. Las concentraciones populares antifascistas son el taparrabos de los apetitos de Moscú. Ayer imponía la consigna de clase contra clase, de lucha violenta en las calles; hay quiere meter a la masa obrera en andanzas electorales, obligándola con los partidos burgueses de izquierdas. Los obreros, con este cambio de táctica, no van a ganar nada; perderán, tanto si aúpan a las izquierdas burguesas como si llevan a participar en el Gobierno a los comunistas y socialistas. Las izquierdas burguesas, bien avenidas con el capitalismo internacional y los marxistas al servicio de Rusia, harán la política que les ordenen sus amos, no la que interese a los obreros españoles. Los trabajadores harán, una vez más, de carne de cañón, y al final no hallarán ni el pan ni la libertad.

  ¡Trabajadores! ¡Camaradas! Se acercan momentos decisivos. Nadie puede estar cruzado de brazos. Está pendiente la suerte de todos. 0 los trabajadores, enérgicamente, implacablemente, terminan con el gran capitalismo financiero y se unen al Movimiento Nacionalsindicalista para imponer el régimen de solidaridad nacional, o el intemacionalismo nos convertirá en cipayos de cualquier gran poder extranjero.

  El movimiento Nacionalsindicalista, consciente de su fuerza y de su razón, mantiene el fuego contra todos los enemigos; contra las derechas, contra las izquierdas, contra el comunismo, contra el capitalismo. Por la Patria, el Pan y la Justicia. Estamos seguros de vencer. Lo exige así el interés de los productores y la conveniencia nacional. Impondremos sin contemplaciones un orden de cosas nuevo, sin hambrientos, sin políticos profesionales, sin caciques, sin usureros y sin especuladores.

  ¡Ni derechas ni izquierdas! ¡Ni comunismo ni capitalismo! Un régimen nacional. ¡El régimen Nacionalsindicalista! ¡Arriba España!

(Arriba, núm. 20, 21 de noviembre de 1935)